Jarra de Pingüino – Museo Virtual

A la Búsqueda del Pingüino Perdido

La pregunta que no he dejado de formularme es ¿Por qué habremos elegido al pingüino para servir el vino, por qué los argentinos, de entre todos los que producimos vinos y somos habitados por colonias de estas aves no voladoras del orden de los SPHNISCIFORMES, pertenecientes a la familia de los SPHINICIDADES (Chile, Sud África, Australia, Nueva Zelanda, Tasmania) somos los únicos en haberlos asociados? Esta fue una de las primeras preguntas y origen de una investigación que me llevó a incursionar en laberintos librescos y entrevistas a docenas de personas.  Nada es inocente y una vez abierta la Caja de Pandora, innumerables e impensados vericuetos se abren al curioso.

Todos los titulados ‘Cafés Notables’ de la ciudad fueron visitados.  Recorrí La Boca, Barracas, San Telmo, Montserrat, Balvanera, Almagro, Devoto preguntando por tan curiosa asociación.  Viajé a San Pedro, Zárate, Campana, Baradero, San Antonio de Areco, Pergamino, Rosario, Tandil, Carmen de Patagones, Calafate, Ushuaia, Montevideo, Colonia buscando jarras de pingüinos y haciendo la misma pregunta: ¿de dónde vienen?

La conclusión fue que nadie tenía idea.

‘Ni idea’ era la reiterada respuesta.  A continuación de tan enfática confesión, uno supone que el diálogo ha terminado, ya que como ha dicho Wittgenstein “de aquello que no se puede hablar, lo mejor es callar”, pero aquí es donde los pingüinos empiezan a decir cosas que los trascienden, ya que nos muestran cómo actuamos los argentinos ante los hechos que ignoramos. Nos dicen cómo somos.

ALGUNOS TESTIMONIOS

“No nos interesa la historia, sino la fábula” J. B. Alberdi.

  1. Calle Caminito. La Boca (artesana en su puesto de venta) ‘Ni idea, pero mi tía tenía una jarra y decía que venían de Italia, sí deben ser italianas, por lo del vino viste.”
  2. Personaje tomando café en el Almacén-Bar “La Coruña” (San Telmo): ‘Ni idea, pero son viejísimas, tienen miles de años, son de la época de los vikingos’. Azorado, demando: ¿vikingos?

‘Sí, mirá flaco todo tiene su origen, es como el árbol de Navidad que un irlandés llevó a los Estados Unidos y le puso bombitas donde se reflejaban las estrellas, es por eso que le pusieron una estrella a la copa del árbol.’

  1. (Anticuario, calle Chile) ‘No ni idea, pero son viejísimas, de principios del siglo XX, en estos momentos no tengo ninguna, pero creo que en un bar de la calle Corrientes y Paraná, fue donde empezó a servirse el vino en pingüinos. Ahí quedaba el Bar Rafeto, pero no puedo aseverarlo’.
  2. (Anticuario, calle Defensa) ‘No son argentinas, vienen de Europa, seguramente de Italia. Primero fueron los metales y luego la porcelana.  En China cocinaron la porcelana en el 1200 y recién en Europa en el 1800 porque se les resquebrajaba, los hornos eran pequeños y no tenían la suficiente temperatura’.
  3. (Cliente Bar Roma, La Boca) ‘Ni la más remota idea, pero debe ser de una bodega, porque antes el vino venía a granel y para el servicio a las mesas se llevaba en jarras de pingüino’.
  4. (Parroquiano de bar La Buena Medida, La Boca) ‘No, no lo sé, pero debe haber sido en las cantinas, en Spadavecchia, que era la más importante, ahí empezó, ándate hasta Bachín y preguntá por Don Francisco’.

(No supieron darme información y Don Francisco estaba de vacaciones).

  1. (Solitario bebedor de café en La Flor de Barracas (Suárez y Arcamendía) ‘Es probable que vengan de Mendoza, muchas bodegas regalaban jarras, mirá te doy una idea, había una bodega llamada Tomba, y bueno, -me guiña un ojo como para incitar mi complicidad- vos sabés Punta Tombo, Tomba, por ahí anda, vos después ponele letra.
  2. (Anticuario de Tristán Narvaja, Montevideo) ‘No, no lo sé, para eso hay que ir a Buenos Aires, ¡si me habré tomado pingüinos allá!’.
  3. (Personaje que escuchó mi pregunta dirigida a empleada de casa de artículos de regalos en Calafate que no tenía idea). El hombre disculpándose por entrometerse, afirmó ‘Tal vez alguien pensó que como los pingüinos caminan como si estuvieran borrachos, había que llenarlos de vino e inventaron eso de las jarras.  Vos sabés que aquí para inventar somos maestros’.
  4. (Empleada en casa de familia en Recoleta).’De jóvenes vivíamos en La Boca, en la calle Lamadrid. Mi primo comenzó a trabajar en una cantina que recién abría, estoy hablando de 1938, cuando se inaugura Spadavecchia; ahí servían pizzas y pescados.  Un buen día venía un personaje importante, me parece recordar que era el Embajador de Italia y para no usar las tinajas, sirvieron el vino en jarras de pingüino, fueron los primeros y les dieron un premio’.

En general los testimonios comienzan con el muy porteño “ni idea”, pero seguidamente se les dispara un párrafo erudito, docto, casi un dictamen ex cathedra.  Es como si fuera necesario demostrar que uno sabe, que uno es más que lo que se ve. No basta ser hombre, hay que ser macho.  No es suficiente con ser abogado, todo recién graduado en Derecho, imprime sus tarjetas profesionales con el pomposo ‘Doctor’, precediendo su nombre.

Me pregunto ¿por qué razón nos cuesta tanto decir ‘no sé’ y nos sentimos compelidos a dar una explicación que encaja a la perfección con ese apotegma nacional: “Si no se sabe, se inventa”.

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